He pospuesto el inicio de este blog por mucho tiempo pero hoy siento la disposición para contar algo que pase en esta vida que ya tiene experiencia y a veces se siente adolescente.
Vivo en un pequeño pueblo/ciudad de Veracruz, Pueblo mágico lo llaman pero es un pueblo como cualquier otro, “pueblo chico infierno grande” y en realidad es así pues todos los chismes del pueblo corren más rápido que el agua en el río cercano.
Como es de suponerse, este pueblo tiene los contrastes cotidianos que lo hacen hermoso. En la mañana pasan los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos pan, leche, fruta, miel, el diario, y ahora, motorizados en pequeñas motocicletas con sus cláxon chillón, los vendedores de tortillas (que no son de maíz puro sino de esas harinas nuevas), que a veces caen muy bien pues nos evitan salir temprano.
Todas las mañanas, las dueñas de casa o la servidumbre, riega y barre las aceras y entonces el aroma de agua en piedra se convierte en algo muy agradable. En general este pueblo es limpio, la gente se siente orgullosa de que las aceras estén bien limpiecitas, algunas veces encontramos a señores lavando sus coches en las aceras pues como es un pueblo viejo muchas de las viviendas no tienen un lugar para el coche y así la gente utiliza las aceras para limpiar, arreglar o acondicionar los autos.
Cuando camino hacia mi trabajo encuentro a los comerciantes que están empezando a abrir sus negocios, la florería, un regalo a los sentidos, todos los días siento la frescura de las flores y sus perfumes. Luego están las tostadoras de café que inundan el ambiente con el aroma a café recién tostado; las fonditas que empiezan a preparar sus salsas picantes, los policías que con camisas recién planchadas y sus silbatos dirigen con cortesía la entrada de los niños a las escuelas del pueblo.
El lugar donde vivo actualmente es una vecindad típica de estos lugares, en donde los propietarios de las casas habitación mantienen un muy pobre mantenimiento de esas casas lo que las hace lucir verdaderamente mal, pero que tiene un encanto especial, donde termina la construcción empieza lo que otrora fuera una finca de café y todavía se conservan los cafetos y los consabidos naranjos para darles sombra y dicen que al final hay una especie de granja que cuenta con gallos, aves verdaderamente majestuosas, con miles de colores y esa actitud tan típica de los gallos, gallardos, altivos, seguros de sí mismos, son mis animales favoritos. Esta situación hace que a los primeros asomos de la aurora empiecen a cantar unos y a responder los otros lo que inicia una melodía matinal muy agradable. Al abrir la puerta empieza la otra melodía, los pajarillos que alegran la mañana con sus trinos melodiosos, en fin, hasta un perro callejero viene a decir buenos días y las dos gatitas de mi amiga saltan dentro y fuera por la ventana tratando de atrapar alguna mariposa perdida.
Estas son las mañanas en mi pueblo, mientras camino tranquilamente hacia mi trabajo voy disfrutando cada instante, los olores, los rayitos de sol, los diferentes sonidos, en fin el gozo de estar viva, después de los sesenta.