Vivo en el último cuarto de una vecindad típica de este pueblo, o más bien diría de esta región porque es como una práctica común encontrar este tipo de viviendas.
En esta vecindad en especial viven sólo mujeres y niños, a excepción de mi vecina que tiene un bebé y un marido, joven.
La peculiar vecindad femenina tiene siempre tendida ropa recién lavada, líneas y líneas de ropa de niño, niña, hombre, mujer, chorreando agua y a una altura suficiente para que cualquier persona que pase por ahí tenga que agacharse o mojarse,o ambas.
Todos los días, y a todas horas, esas mujeres lavan y lavan ropa, utilizan cantidades exageradas de agua para lavar y enjuagar la ropa. Desde temprano en la mañana escucho los grifos abiertos llenando las “piletas” (depósitos de agua de aprox. 80 litros) típicas de las vecindades y luego se escucha el chas chas de las manos tallando la ropa. Pronto todos los tendederos se van llenando de ropa mojada, escurriendo, empezando una melodía de chis, cha, pin, pon al caer las gotas en los diferentes cacharros tirados desordenadamente en los patios. Desde luego estas mujeres no han escuchado eso de que el agua se acaba y la dejan correr libremente todo el día.
Mi vecindad es linda, porque aunque tiene esa estructura horrenda de los cuartos alineados de un lado y los baños alineados enfrente, con sus cortinitas de tela, su lámina de cartón o rústica puerta de madera, los pasillos están barridos y con el agua de los tendederos se van lavando en el transcurso de la mañana y para la tarde ya huelen bien.
Al terminar la hilera de baños hay una fila de bambúes y árboles de limón y naranja que perfuman con sus azahares y al fondo, donde terminan los cuartos hay lo que queda de una pequeña finca de café, a mi me da miedo internarme pues no sé qué clase de bichos pueda encontrar, pero ahí anidan unos pajaritos que me alegran la mañana con sus trinos. En fin, esta experiencia está resultando enriquecedora en muchos aspectos, aunque a veces me brota lo urbana y me desespero.