El Carro

Viajar de un lugar a otro por estas latitudes puede resultar toda una experiencia de vida. Sin embargo, para los habitantes que usan los servicios de transporte público diariamente se vuelve tedioso y cansado, aunque a veces el sueño repara estos inconvenientes.
Los autobuses extraurbanos que hacen los recorridos entre los pueblitos aledaños a la capital son modelos de colección pues parecen de hace 40 años, eso sí, muy pintaditos y con los asientos tapizados. Muchos tienen decoraciones de tipo religioso al frente del autobús y otros muestran por escrito algunas reglas del transporte, no ensucie los asientos, no escupa en el piso, los niños mayores de tres años pagan pasaje (lo que hace que todos los padres carguen a sus hijos y suban sudando para no pagar), y si quieres descuento debes mostrar la respectiva identificación.
Otra característica de estos “carros”-así los llaman las personas de por aquí- que me significó una incógnita cuando recién llegué, es que tienen un cobrador que va recorriendo el pasillo cobrando a cada quien la tarifa correspondiente de acuerdo a la duración del viaje. Yo venía de una ciudad en donde el cobrador es el chofer y la tarifa es la misma no importando el recorrido.
Aquí, cada tramo de viaje tiene un costo, así que el cobrador tiene un fajo de boletos impresos con diferentes cantidades y entonces, al cobrar, utilizando una reglilla de metal, corta hábilmente el boleto dejando la cantidad cobrada a la vista para determinar el valor del itinerario. Lo que es sorprendente es que prácticamente aprende de memoria los pasajeros que ya pagaron y sobra únicamente a los que no.
El otro día, platicando con unas gringas sobre el transporte me comentaron que se habían pasado de largo dónde bajarse pues no lo identificaron y siguieron en el autobús hasta que dio la vuelta, pero que fue muy agradable pues tenían música ochentena. Bueno, que suerte, pues la selección musical de estos transportes tiene altibajos muy interesantes, sin embargo el volumen siempre es altísimo así que los pasajeros o se mueven rítmicamente o cabecean al ritmo de las cumbias, bandas, salsas, etc., que continuamente se escuchan.
En fin, el viaje en carro es una aventura que vale la pena vivir… una sola vez en la vida.

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